lunes, 23 de mayo de 2011

Dejas los libros sobre la mesa y algunos platos sucios en la cocina. La madera cruje con tus pasos, te descalzas y te acuestas sin quitarte la ropa, te acomodas a la par de su lugar vacío, un lugar que aún conserva su olor. Cierras los ojos, talvez de cansancio, talvez de costumbre, pero te desvaneces lentamente en una espiral que se va oscureciendo, como granizo tibio de sueños, hasta que logras ver lo que nunca fué, lo que desearías que fuera y lo que talvez nunca pase, y así, en ese estado catatónico despertamos ambos, aquí y allá, tratando de escapar momentáneamente de nosotros mismos por ser tan reales y crudos, como un sí o un no.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

:´(

Eris dijo...

Espiral que succiona… espiral que libera. Las calles se vuelven gargantas sin lenguas. Las casas simples montículos de arena. Y sólo el viento que sopla puerta adentro, devuelve el aliento, la caricia cálida, la mirada inquieta de un si un no, de los que en algún lugar… despiertan.

Beso.