Hace una distancia no muy lejana,
esta época estaba de color manzana
con su típico sabor a tabaco dulce.
La casa estaba adornada con sístoles
pegados con
tape en las paredes.
Según el temperamento del día,
la resina goteaba por pocos
y trataba de lamernos las piernas al caer.
Bajo el árbol que nunca existió,
cajas y cajas de regalo, llenas de utopías
y señales en el cielo.
La noche fría, como debía ser,
el cielo, desnudo, ideal para
contar deseos fugaces con los
dedos de las manos.