También se puede decirle adiós
a lo que nunca se despidió.
Usted y yo somos distintos.
Usted no sabe lo que quiere, ni yo tampoco.
Usted ha tenido una vida enredada, y yo también.
Usted no tiene paciencia, y yo tampoco.
Usted cree que este mundo está mal, y yo también.
Aún así hay algo en esa mirada.
Me inquieta la historia que cuentan sus ojos.
Usted es distinto a mí, puedo sentirlo.
Quédese de su lado del espejo.
Otro Octubre
Apareció en las gradas frente a la puerta, sin hacer ruido.
Lo noté por el siseo del viento.
Al abrir y verlo, le dejé entrar.
Ambos nos conocemos bien.
Entró en silencio, curioso, no dejaba de ver a su alrededor a pesar de conocerlo todo.
Le ofrecí un café, fuerte como yo lo tomo.
Le dije como decimos los hombres sin tanto decir, que le extrañaba.
Me sonrió, su mirada me dibujaba un hogar sin ser un hogar.
Su olor, el de siempre, el de todos los años, ese olor a época a la que nos queremos aferrar.
Hacía frío, el viento y algunas hojas secas habían venido con él.
Era otro octubre.
Le invité a quedarse todo el mes.
La derrota en carne viva,
el fracaso con nombre y apellido,
un camino hacia ninguna parte,
una caída anticipada,
un sueño que no se logró nunca,
un incendio que a nadie le importa,
esa penumbra que crece a todas luces,
un blanco al que todos le apuntan,
una decisión convertida en refrán,
una veta de penas,
una mina de errores,
la construcción de todo lo irrelevante,
y un dolor que gana intereses.